Antes
de sumarme a la marea migratoria, las pocas mujeres que pasaron, tropezaron o
se estrellaron en mi vida amorosa llegaron a través de mi círculo
social más cercano, los típicos casos de "amiga de la novia de mi amigo" o "amiga de la amiga que en realidad me gusta pero que no me deja entrarle", cosas así.
Círculo social decía, eso, justamente eso es lo que no tengo en Buenos Aires y es la única auténtica cagada de estar acá... aunque en honor a la verdad tampoco es que no conozco a nadie, por ejemplo están las amistades y familia de mi ex, los amigos futboleros hinchas de San Lorenzo que hice hace años por internet y los chicos del laburo. Ninguno de ellos me aportaba un corno al propósito de levantarme una mina, que es lo que me quemaba la cabeza por febrero de 2012. Para entonces yo llevaba unos seis meses viviendo en Buenos Aires, había resuelto los temas básicos de subsistencia (hogar y laburo) y pensaba que era el momento de resucitar mi extinta vida sexual. Una proeza considerando mis pobres habilidades sociales, la casi inexistencia de oportunidades y mi esmero en desperdiciarlas. Ejemplo: un venezolano del laburo me invitó a su cumple, una rareza porque en ese momento nos conocemos hará poco más de una semana ¿solidaridad de inmigrante?. Como sea, la fiesta fue en el depto de una de sus amigas venezolanas, una chica de veintiocho años, un verdadero encanto, linda, algo bajita, simpática, mal hablada, mordaz, definitivamente de las mías. No se muy bien como logré caerle en gracia, supongo que se lo debo a la habitual locuacidad y caradurez que me caracterizan cuando estoy a medio embriagar. Salimos un par de veces, la primera nos vemos en Palermo Soho, por Plaza Armenia, recorremos bares, bebemos y hablamos durante horas, me impresiona su aguante con el alcohol, en la recorrida cada vez nos acercamos más a su casa (es del barrio), rematamos chupando en un kiosko/barsucho horrible a una cuadra de su depto, luego nos besamos/curtimos/franeleamos en el portal de su edificio, pero no me deja entrar, me voy frustrado pero optimista. La segunda vez me llama ella, está por Palermo Hollywood con unos amigos, que si quiero ir, voy, son todos pendejos de veintipico, me siento fuera de lugar, vamos de un lugar a otro, no estoy cómodo, me voy apagando a pesar del alcohol, al final nos despedimos sin mucha onda (o sea ella bien, yo sin onda). En los días siguientes la llamo, la invito a salir, evasivas, un día llueve, otro va saliendo, otro tiene visitas, siempre "llamame mañana y salimos", chau, ya fue... otro fracaso más.
Círculo social decía, eso, justamente eso es lo que no tengo en Buenos Aires y es la única auténtica cagada de estar acá... aunque en honor a la verdad tampoco es que no conozco a nadie, por ejemplo están las amistades y familia de mi ex, los amigos futboleros hinchas de San Lorenzo que hice hace años por internet y los chicos del laburo. Ninguno de ellos me aportaba un corno al propósito de levantarme una mina, que es lo que me quemaba la cabeza por febrero de 2012. Para entonces yo llevaba unos seis meses viviendo en Buenos Aires, había resuelto los temas básicos de subsistencia (hogar y laburo) y pensaba que era el momento de resucitar mi extinta vida sexual. Una proeza considerando mis pobres habilidades sociales, la casi inexistencia de oportunidades y mi esmero en desperdiciarlas. Ejemplo: un venezolano del laburo me invitó a su cumple, una rareza porque en ese momento nos conocemos hará poco más de una semana ¿solidaridad de inmigrante?. Como sea, la fiesta fue en el depto de una de sus amigas venezolanas, una chica de veintiocho años, un verdadero encanto, linda, algo bajita, simpática, mal hablada, mordaz, definitivamente de las mías. No se muy bien como logré caerle en gracia, supongo que se lo debo a la habitual locuacidad y caradurez que me caracterizan cuando estoy a medio embriagar. Salimos un par de veces, la primera nos vemos en Palermo Soho, por Plaza Armenia, recorremos bares, bebemos y hablamos durante horas, me impresiona su aguante con el alcohol, en la recorrida cada vez nos acercamos más a su casa (es del barrio), rematamos chupando en un kiosko/barsucho horrible a una cuadra de su depto, luego nos besamos/curtimos/franeleamos en el portal de su edificio, pero no me deja entrar, me voy frustrado pero optimista. La segunda vez me llama ella, está por Palermo Hollywood con unos amigos, que si quiero ir, voy, son todos pendejos de veintipico, me siento fuera de lugar, vamos de un lugar a otro, no estoy cómodo, me voy apagando a pesar del alcohol, al final nos despedimos sin mucha onda (o sea ella bien, yo sin onda). En los días siguientes la llamo, la invito a salir, evasivas, un día llueve, otro va saliendo, otro tiene visitas, siempre "llamame mañana y salimos", chau, ya fue... otro fracaso más.
Por esa misma época un pibe del laburo me comenta que un amigo suyo tiene alto levante en un portal de citas online, se despierta mi codicia y a pesar de mis prejuicios me doy de alta en el sitio (match.com), pago la maldita y semiobligatoria suscripción para poder enviar y leer mensajes y timidamente empiezo a escribirle a alguna mina cada tanto a ver que onda. Pronto me daría cuenta que esa estrategia era un grave error porque en estos sitios hay más tipos que mujeres, muchos de ellos verdaderos depredadores sexuales (sexópatas según una amiga psicóloga), la mayoría de las chicas reciben cientos de propuestas y que para poder tener chances no digamos ya de de recibir alguna respuesta, simplemente de que alguna lea tus mensajes hay que tirotear a mansalva (ser un depredador más)... así que después de desperdiciar los dos primeros meses de la suscripción trimestral esperando como el huevonazo que soy, dije a la mierda y me lancé a escribirle a todo lo que tuviese buen aspecto y una descripción de perfil mínimamente interesante. Al principio no recibo mucho feedback, quien sabe si porque no manejaba correctamente las reglas del coso (ese coso de seducir, digo), quizás porque era demasiado directo, vaya uno a saber, alguna vez me dijeron "che vos a veces llegas y le pegas un tiro en la cabeza a una", parece que me falta tacto. Después, lentamente empezaron a contestar algunas de las candidatas y dale que chateamos, hablamos superficialidades, hacemos bromas boludas, pero no consigo llevar a ninguna fuera del mundo del dating virtual. Hasta que justo cuando estaba por darme de baja decepcionadísimo me escribe una flaca que quería conocerme, al principio casi no le contesto, perfil sin foto, 43 años, pocos datos, pero me dije de última nada se pierde. Le pido una foto, está para un quiero y acordamos al toque una cita, nos encontramos y resulta que el "nada se pierde" se transforma en cinco meses de una relación tranquila, plácida y siendo honesto un poco aburrida con una Física teórica (sí, del tipo The Big Bang Theory), madura, sin hijos, simpática, culta, inteligente, de esa clase media intelectual porteña cosmopolita, políglota, agnóstica y progre, que ha vivido en varios paises/continentes, con cierta tendencia a sobrevalorar los méritos académicos y bastante trabajólica. Disfrutamos de las ventajas de una relación puertas afuera, cada uno hace su vida a su ritmo sin invadir el espacio del otro, nos vemos si queremos, ella tiene poco tiempo por un laburo demandante y yo por mis hijos, pero parece que puede funcionar, al principio me relajo y me entrego, tengo con quien salir y con quien coger, todo joya, sin embargo... me falta algo, me gusta verla, me gusta coger con ella, puedo escucharla y a ratos interesarme en sus historias de vida, pero no desespero por su compañía, no siento su ausencia cuando estoy solo en casa, si tengo que elegir entre hacer algo con ella o con mis hijos, siempre elijo a mis hijos. Finalmente termino abandonándola como un canalla, sin despedidas, ni explicaciones, ni disculpas, ni tener del todo claro el porqué.
Después de eso, probablemente medio culposo, me entrego por unos meses a una vida célibe, totalmente ajeno a las mujeres, enfocado en mis hijos, mi laburo y mis problemas domésticos, cambio de domicilio incluído. Pero claro, esto dura hasta que el Godzilla libidinoso que habita mi cerebro despierta de su sueño eterno y me recuerda que eso del sexo es una cosa buena y necesaria. Entonces, a principios de 2013 me anoto en otro portal (zonacitas.com) y como vengo con algo de experiencia a cuesta soy algo más efectivo en lo de conseguir citas:
Después de eso, probablemente medio culposo, me entrego por unos meses a una vida célibe, totalmente ajeno a las mujeres, enfocado en mis hijos, mi laburo y mis problemas domésticos, cambio de domicilio incluído. Pero claro, esto dura hasta que el Godzilla libidinoso que habita mi cerebro despierta de su sueño eterno y me recuerda que eso del sexo es una cosa buena y necesaria. Entonces, a principios de 2013 me anoto en otro portal (zonacitas.com) y como vengo con algo de experiencia a cuesta soy algo más efectivo en lo de conseguir citas:
Cita nro 1: Salgo con esta mina que es ingeniero (en obras civiles, puentes y eso, ¿se
entiende?), aficionada a la novela negra, un hijo y un divorcio traumático, tendrá 45 o 46 años... primer problema, la foto de su
perfil del sitio no era de ella, todo mal!... es obvio pero no digo nada, supongo que no me banco hacer bardo y tener una escena, al cabo yo fuí a pasarla bien... segundo problema, no me parecía atractiva y de eso lamentablemente no hay retorno... nos juntamos a
tomar un cafe en un pub (The Oldest) por Caballito que recomendó ella y no estaba mal para una primera cita, pero en cuanto la vi supe que era tiempo perdido (así es uno
de superficial). Ni siquiera es que la pase mal, la mina me trata bien, me dice Mankell por el autor sueco que sabe que me gusta, además tiene algunas historias para
contar, viajes, boludeces, aquella vez en Bolivia, perdida en pueblo chico, apunada, sin plata, a punto de perder un vuelo, cosas así, pero nada, no había chance. Aun me pregunto cual es la idea de usar una foto ajena ¿creerán que uno
no se va a dar cuenta? ahí empecé a desconfiar de la salud mental de la gente en los portales de citas.
Cita nro. 2; Me contacta ella, tengo más ganas de salir que de conocerla pero le contesto y quedamos de vernos en Caballito por Parque Rivadavia, en un café a metros del pub anterior, me gusta la zona, hace milenios que voy a comprar revistas y discos a la feria del parque, me siento a gusto. Esta vez sí hacia match con sus fotos, albricias!! ... claro
que no es una belleza,
pero zafaba y en todo caso comparada con la anterior a esta al menos le entraba, además convengamos que uno tampoco es un diez, be realistic!. Es psicóloga, divorciada con dos hijas mas bien grandes, de esa clase de minas amorosas, re-tiernas, tranquila tirando a buena onda sin llegar a ser copada ni carismática, el principal problema es que tendría unos 50 y pocos, o sea mayor que yo y eso nunca me terminó de cerrar. Ojo que yo ya sabía la edad, fui a sabiendas para probar, tratando de superar mis sólidos prejuicios y mis graníticos preconceptos. Nuevamente la charla es grata, pequeñas anécdotas sobre la paternidad, la profesión. los viajes, la vida, nos despedimos con un "hagamos algo otro día", luego nos escribimos algunos correos, ella me hace propuestas de salidas durante un par de semanas, le doy vueltas al asunto (vueltero me dicen y tienen razón) hasta que ella se cansa y me apura, recién ahí asumo que no me cabe y
le doy el corte.
Cita nro. 3: Esta tiene una linda foto de perfil, aprovecho que vive en Caballito y la cito en The Oldest, total ya me acostumbré al barrio, siento que juego de local. Resulta ser una cotorra, todavía no se sentaba y ya estaba hablando sin parar,
juro que a los 20 minutos ya me preguntaba ¿que hago acá con esta tarada con
incontinencia verbal?... creo que estaba nerviosa y su manera de recuperar
el control era ametrallarme con palabras. Afortunadamente con el transcurso
de la velada fue aflojando y pudimos tener algo parecido a una charla, me
dejó meter algunas frases, alguna oración, algo distinto a los "ajá",
"sí", "claro" o "bueno" que logré encajar en la
primera media hora. En su favor puedo decir que esta era la mina más linda de
las tres (y no es poco), para variar divorciada, con dos o tres
hijas grandes, una perra (herencia del ex, la odia) y numerosos gatos (los ama), era médico, ginecóloga,
un poco harta de su profesión, tendría unos 43 años muy
bien llevados, de pendeja había sido gimnasta en Ferro, el club del barrio y mantenía el estado atlético a base del combo habitual de gimnasio y dieta, mientras habla casi sin respirar registro que se define progre, que lee la revista Orsai (mira nomas, yo igual), que tenía un blog que en algún momento abandonó, que le gusta la fotografía, viajar, bla bla bla, me cuesta seguir el hilo de su discurso, me marea, me distraigo, me quiero ir... pero está buena (y el líbido manda), pienso darle una oportunidad. En los días siguientes nos escribimos intercambiando posibilidades para futuras salidas, pero antes se va una semana de vacaciones con las hijas y al volver me dice que en fin, que no sabe, que me ve como más como amigo... ah! ok, chau, que te vaya bien!
Llegado a este punto me
aburro y me doy de baja del portal resignado a prolongar mi vida monacal y buscar algo así como la paz interior, pero se
ve que las cosas estaban para recorrer otro camino. Un día me llega una
invitación de otro portal (badoo.com), me la envía una chica con
la que había chateado antes sin concretar de modo que entro
con más curiosidad que expectativas y bue... entonces fue que confirmé la existencia de la locura, del desubique, de la histeria, de la
existencia del mal y del porqué los hombres terminamos con frecuencia abrazando la misoginia.
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